Autoestima y autoconcepto
Cuando la forma en que te ves y el valor que te das influyen demasiado en cómo te relacionas contigo mismo, con los demás y con tu vida.
La forma en que te ves no siempre coincide con cómo te ven los demás
Puedes saber que haces muchas cosas bien y, aun así, tener dificultades para reconocerlas como propias.
Quizá recibes una valoración positiva y te cuesta creerla. Puedes atribuirla a la suerte o pensar que los demás están exagerando.
También puede ocurrir lo contrario: que un error, una crítica o una experiencia negativa tenga mucho más peso que todo aquello que funciona.
Una sola situación puede convertirse en una confirmación de que no eres suficientemente bueno, capaz o interesante.
Nuestra imagen de nosotros mismos no se construye únicamente a partir de lo que ocurre en el presente. Está influida por las experiencias que hemos vivido, la forma en que hemos sido vistos por otras personas y las conclusiones que hemos ido sacando sobre quiénes somos.
Por eso, trabajar la autoestima no consiste simplemente en aprender a pensar cosas positivas sobre ti. También implica comprender cómo has llegado a verte de esa manera y qué hace que algunas experiencias pesen tanto en la valoración que haces de ti mismo.
Valorarte no es lo mismo que sentirte valioso
Puedes saber racionalmente que tienes capacidades y, aun así, no sentir que vales demasiado cuando algo toca una parte sensible de ti.
Puedes reconocer tus capacidades, saber que has conseguido cosas importantes o incluso recibir reconocimiento de otras personas y, aun así, sentir en determinados momentos que no vales demasiado.
También puede ocurrir al contrario: puedes sentirte seguro en algunos ámbitos de tu vida y, sin embargo, tener una imagen de ti mismo muy frágil cuando algo pone en cuestión aquello que consideras importante.
La autoestima no funciona siempre como una valoración estable que puedas modificar simplemente cambiando lo que piensas sobre ti.
A veces existe una distancia entre lo que sabes de ti y lo que realmente puedes sentir cuando algo sale mal, alguien te critica o no recibes la aprobación que esperabas.
Explorar esa diferencia puede ayudarnos a comprender qué situaciones hacen que tu valoración de ti mismo cambie, qué necesitas de la mirada de los demás y qué ocurre dentro de ti cuando sientes que no estás a la altura.
La mirada de los demás puede acabar pesando demasiado
Cuando necesitas demasiado la aprobación de los demás, la forma en que te ves puede quedar a merced de sus miradas.
Puede que gran parte de cómo te valoras dependa de lo que percibes en los demás: si te aceptan, si aprueban lo que haces, si te consideran interesante, capaz o suficiente.
Quizá una crítica se queda contigo durante días, mientras que los comentarios positivos apenas consiguen modificar cómo te ves.
O necesitas sentir que has causado una buena impresión para poder quedarte tranquilo.
Esto puede llevarte a compararte constantemente, a adaptar tu forma de ser para agradar o a estar muy pendiente de cómo estás siendo percibido.
Y cuanto más depende tu valoración de ti mismo de esa mirada externa, más vulnerable puedes sentirte ante el rechazo, la crítica o la desaprobación.
Explorar qué lugar ocupa la opinión de los demás puede ayudarnos a comprender qué necesitas de esas miradas y qué ocurre cuando no recibes la confirmación que esperabas.
Compararte también puede cambiar la forma en que te ves
Compararte con los demás puede convertirse poco a poco en una medida constante de tu propio valor.
Es difícil construir una imagen de ti mismo sin compararte en algún momento con otras personas.
El problema aparece cuando esa comparación se convierte en una forma habitual de evaluarte.
Puede que mires lo que otros han conseguido, cómo se relacionan, cómo se desenvuelven o incluso cómo parecen sentirse y llegues rápidamente a la conclusión de que tú estás por debajo.
Las comparaciones suelen ser especialmente duras porque vemos nuestra propia experiencia completa —con dudas, errores e inseguridades— mientras que de los demás solemos percibir solo una parte.
Aun así, esa comparación puede sentirse como una evidencia de que no eres suficiente.
Con el tiempo, puedes terminar evaluándote continuamente: cómo eres, qué tienes, qué has conseguido, cómo te relacionas o hasta dónde has llegado.
Y esa evaluación constante puede hacer que resulte cada vez más difícil reconocerte desde tus propios criterios.
No siempre puedes confiar en la imagen que tienes de ti
La manera en que te describes puede sentirse como una verdad objetiva, aunque se haya construido a partir de experiencias concretas.
Si durante mucho tiempo has pensado que eres inseguro, poco capaz, demasiado sensible, poco interesante o que siempre acabas equivocándote, puede resultar difícil cuestionar esa forma de verte.
Sin embargo, la manera en que te describes no siempre coincide con todo lo que eres.
Algunas características pueden haberse convertido en conclusiones que has ido construyendo a partir de experiencias concretas, críticas, comparaciones o relaciones importantes.
También puede ocurrir que prestes mucha más atención a aquello que confirma la imagen negativa que tienes de ti y pases por alto experiencias que podrían cuestionarla.
No porque estés engañándote, sino porque nuestra manera de mirarnos también está condicionada por lo que esperamos encontrar.
Explorar esa imagen de ti mismo no significa sustituirla por una versión positiva e idealizada.
Se trata de poder construir una visión más amplia y flexible, en la que tus dificultades formen parte de quién eres sin tener que definirte por completo.
La relación contigo mismo también puede cambiar
No se trata únicamente de cómo te describes, sino de cómo te tratas cuando las cosas no salen como esperabas.
Puedes reconocer tus errores sin convertirlos en una prueba de que eres un fracaso.
Puedes aceptar que tienes límites sin interpretarlos como una debilidad, o permitirte no saber algo sin sentir que deberías haberlo sabido.
A veces, mejorar la relación contigo mismo implica aprender a sostener las partes de ti que no encajan con la imagen que te gustaría tener.
También poder reconocer tus necesidades, poner límites y tomar decisiones sin necesitar constantemente la aprobación de los demás.
Esto no significa construir una imagen perfeccionada de ti ni convencerte de que todo lo haces bien.
Significa poder mirarte con mayor amplitud, reconociendo tanto tus capacidades como tus dificultades sin que unas u otras tengan que definir por completo quién eres.
¿Cómo podemos trabajar la autoestima y el autoconcepto en terapia?
Trabajar la autoestima no consiste simplemente en aprender a pensar mejor de ti mismo.
En terapia podemos empezar por comprender cómo se ha construido la imagen que tienes de ti, qué experiencias han influido en ella y qué ocurre cuando determinadas situaciones hacen que tu valoración personal se tambalee.
Podemos explorar también la relación entre lo que piensas de ti y lo que sientes contigo mismo.
A veces existe una distancia importante entre saber racionalmente que tienes capacidades y poder sentir que eres suficientemente válido cuando algo sale mal, alguien te critica o no recibes la aprobación que esperabas.
También podemos trabajar los patrones de comparación, búsqueda de aprobación y autocrítica que mantienen una valoración frágil de ti mismo.
En algunos casos será importante aprender a identificar esas formas de relacionarte contigo y cuestionar las conclusiones rígidas que has ido construyendo sobre quién eres.
Desde una perspectiva más experiencial, podemos prestar atención a cómo te relacionas contigo mismo en el presente: qué ocurre cuando aparece la inseguridad, qué necesitas de los demás, cómo respondes ante tus propios límites y qué sucede cuando intentas tratarte de una manera diferente.
El objetivo no es que termines pensando que eres maravilloso en todo momento ni construir una versión idealizada de ti.
Se trata de que puedas conocerte y valorarte de una manera más amplia, flexible y menos dependiente de la comparación, la exigencia o la aprobación de los demás.
¿Cuándo puede ser útil pedir ayuda por tu autoestima y autoconcepto?
No necesitas esperar a sentir que tienes una autoestima completamente baja para pedir ayuda.
Puede ser útil buscar ayuda cuando la forma en que te ves empieza a condicionar demasiado tus decisiones, tus relaciones o la manera en que afrontas diferentes situaciones.
También cuando dependes mucho de la aprobación de los demás, te comparas constantemente, una crítica puede hacerte cuestionar todo lo que piensas de ti o sientes que necesitas demostrar continuamente que eres suficientemente bueno.
Si notas que la relación que mantienes contigo mismo te genera sufrimiento o está limitando la forma en que quieres vivir, puede ser un buen momento para detenerte a comprender qué está ocurriendo.
No tienes que convertirte en otra persona para sentirte mejor contigo mismo.
Podemos hablar sobre cómo te estás viendo, comprender de dónde viene esa mirada y valorar juntos si la terapia puede ayudarte a construir una relación diferente contigo.