
¿Te suena esta escena?
Preparas una reunión, una salida con amigos o incluso una llamada de trabajo, y antes de que ocurra nada ya has pasado por mil versiones distintas en tu cabeza. Revisas cómo vas a empezar la conversación, qué frases podrías usar, qué decir si alguien hace una pregunta incómoda. Y durante todo ese tiempo hablas contigo mismo: “¿Será que sueno raro?”, “¿No habré quedado como un idiota?”, “¿Si me quedo callado pensarán que soy antisocial?”.
Muchas personas con ansiedad social creen que el problema está ahí fuera: en la gente, en los juicios, en lo que los demás podrían pensar. Pero en realidad, gran parte del conflicto ocurre dentro: en el diálogo interno que se enciende cada vez que te imaginas interactuando con otros. Ese monólogo interno se conoce como diálogo interno: el habla autodirigida, silenciosa o en voz alta, que normalmente nos ayuda a autorregularnos (Brinthaupt, 2019). Pero con su tono crítico, anticipatorio y rumiativo, se convierte en un juez invisible que marca el ritmo de tus miedos.
En este artículo hablaremos de ansiedad social, sí, pero sobre todo de lo que pasa en tu cabeza antes, durante y después de esas interacciones. Queremos explorar cómo el diálogo interno no solo acompaña la ansiedad, sino que muchas veces la alimenta, y cómo empezar a cambiar ese “modo de voz” interior puede ser un paso clave para sentirse más cómodo en compañía de los demás.



