Autoexigencia y perfeccionismo
Cuando sientes que tienes que hacerlo todo bien, te cuesta permitirte errores o nunca terminas de sentir que lo que haces es suficiente.
Hacerlo bien nunca parece suficiente
Puede que te esfuerces mucho por hacer las cosas bien y, aun así, tengas la sensación de que siempre podrías haberlo hecho mejor.
Quizá revisas una y otra vez lo que haces, te cuesta dar algo por terminado o necesitas estar completamente seguro antes de tomar una decisión.
Incluso cuando consigues aquello que te habías propuesto, el alivio puede durar poco: enseguida aparece algo que mejorar, un error que podrías haber evitado o una nueva exigencia que cumplir.
A veces los demás pueden decirte que lo has hecho bien y, sin embargo, esa valoración no termina de llegar hasta ti. Lo que pesa más puede ser aquello que falta, aquello que salió regular o aquello que imaginas que podrías haber hecho de otra manera.
Poco a poco, la exigencia puede dejar de ser simplemente una manera de intentar hacer las cosas bien y convertirse en una forma de estar contigo mismo.
La exigencia también puede dirigirse hacia ti
No toda la exigencia se expresa intentando conseguir más. A veces aparece en la forma en que te hablas cuando algo no sale como esperabas.
Puedes reconocer tus esfuerzos y, al mismo tiempo, sentir que nunca son suficientes. Un error pequeño puede convertirse en una prueba de que no eres capaz, una decisión equivocada en una razón para cuestionarte o un día menos productivo en una fuente de culpa.
La autocrítica puede llegar a ser tan habitual que apenas la percibas. Quizá te hablas de una manera que nunca utilizarías con alguien a quien quieres, pero contigo parece razonable porque piensas que necesitas exigirte para mejorar.
El problema es que una voz interna constantemente crítica no siempre te ayuda a avanzar. También puede generar inseguridad, vergüenza, miedo a equivocarte y una sensación persistente de no estar a la altura.
El miedo a equivocarte
Para algunas personas, equivocarse no se vive simplemente como una parte inevitable de hacer las cosas. Puede sentirse como algo que hay que evitar a toda costa.
Quizá antes de tomar una decisión necesitas asegurarte de que no estás cometiendo un error, repasas varias veces lo que vas a hacer o pospones determinadas situaciones porque no te sientes suficientemente preparado.
También puede aparecer el miedo a decepcionar, a quedar mal o a que los demás descubran que no sabes tanto como deberían pensar.
Y cuanto más importante es para ti hacerlo bien, más difícil puede resultar tolerar la posibilidad de equivocarte.
A veces, el resultado es paradójico: cuanto más intentas evitar el error, más difícil resulta actuar con libertad, probar cosas nuevas o aprender de aquello que no sale como esperabas.
Descansar no siempre resulta fácil
Para algunas personas, parar no resulta sencillo.
Incluso cuando no tienen nada urgente que hacer, puede aparecer la sensación de que deberían estar aprovechando mejor el tiempo, haciendo algo útil o avanzando en alguna tarea pendiente.
Quizá descansas, pero con cierta culpa. Te permites un rato libre y enseguida piensas en todo lo que podrías estar haciendo. O incluso cuando terminas tus obligaciones, te cuesta sentir que tienes derecho a desconectar.
La exigencia puede extenderse así a prácticamente cualquier espacio de la vida: trabajar más, aprovechar mejor el tiempo, cuidarte más, hacer más ejercicio, aprender algo nuevo o conseguir más cosas.
El descanso deja entonces de ser una necesidad legítima y puede empezar a sentirse como algo que tienes que merecer después de haber cumplido suficientemente bien con todo lo demás.
El reconocimiento también puede convertirse en una exigencia
A veces la necesidad de hacerlo bien no tiene que ver únicamente con tus propios estándares.
También puede estar relacionada con la necesidad de sentir que los demás reconocen tu esfuerzo, valoran lo que haces o aprueban tus decisiones.
Puede que te preocupe decepcionar, quedar mal o que alguien piense que no eres suficientemente capaz. Quizá necesitas que te confirmen que lo has hecho bien para poder quedarte tranquilo, pero esa tranquilidad dura poco y vuelves a necesitar comprobarlo.
La opinión de los demás puede acabar teniendo demasiado peso en la manera en que valoras lo que haces. Incluso cuando sabes que has trabajado mucho, si no recibes el reconocimiento que esperabas puede aparecer la sensación de que no ha sido suficiente.
Así, lo que inicialmente podía ser un deseo comprensible de ser valorado puede terminar convirtiéndose en otra forma de exigirte demostrar continuamente que eres suficientemente bueno.
Exigirte más no siempre significa avanzar
Es fácil pensar que la exigencia es necesaria para mejorar.
Quizá has aprendido que, si bajas el nivel, te volverás conformista, perderás motivación o dejarás de hacer las cosas bien.
Y es posible que la exigencia te haya ayudado en muchos momentos. Puede haberte permitido alcanzar objetivos, asumir responsabilidades o desarrollar capacidades. Por eso, no se trata de convertirla en algo negativo ni de intentar eliminarla por completo.
La cuestión aparece cuando necesitas estar constantemente por encima de tus propios límites para sentir que estás haciendo las cosas bien.
Cuando el esfuerzo deja de estar al servicio de lo que quieres y empieza a convertirse en una condición para sentirte válido, tranquilo o satisfecho contigo mismo, quizá no necesites exigirte más, sino comprender qué estás intentando conseguir cuando te exiges tanto y qué precio estás pagando por hacerlo.
¿Cómo podemos trabajar la autoexigencia y el perfeccionismo en terapia?
Trabajar la autoexigencia no consiste simplemente en aprender a conformarte o en decirte que deberías exigirte menos.
En terapia podemos empezar por comprender qué función tiene la exigencia en tu vida y qué intentas conseguir cuando necesitas hacerlo todo bien.
Podemos explorar de dónde viene esa necesidad de rendir, cumplir o estar a la altura, qué experiencias han influido en la manera en que te valoras y qué ocurre cuando sientes que no alcanzas tus propios estándares.
También podemos trabajar con la autocrítica y con esa forma de hablarte cuando algo sale mal. Aprender a reconocer tus límites y tratarte de una manera menos hostil no significa dejar de responsabilizarte de tus decisiones ni renunciar a mejorar.
En algunos momentos puede ser útil observar los pensamientos y reglas que mantienen la exigencia: «tengo que hacerlo perfecto», «no puedo equivocarme», «debería poder con todo» o «si no lo hago bien, significa que no valgo». Podemos cuestionarlos y explorar qué ocurre cuando empiezas a relacionarte con ellos de una manera diferente.
También podemos prestar atención a cómo aparece la exigencia en el propio momento presente: qué sientes cuando no llegas a tus expectativas, cómo reaccionas ante el error, qué necesitas de los demás y qué ocurre cuando intentas descansar o simplemente estar sin tener que demostrar nada.
El objetivo no es convertirte en una persona menos comprometida ni eliminar tu deseo de hacer las cosas bien. Se trata de que puedas elegir cuánto esfuerzo quieres poner en cada cosa sin que tu valor personal dependa de alcanzar siempre tus propias expectativas.
¿Cuándo puede ser útil pedir ayuda por autoexigencia y perfeccionismo?
No necesitas esperar a que la exigencia te lleve al agotamiento para pedir ayuda.
Puede ser útil buscar ayuda cuando la necesidad de hacerlo todo bien empieza a ocupar demasiado espacio en tu vida, cuando te cuesta descansar, disfrutar de lo que consigues o tomar decisiones sin darle vueltas constantemente.
También cuando el miedo a equivocarte, la autocrítica o la necesidad de aprobación hacen que vivas bajo una presión constante, o cuando sientes que, hagas lo que hagas, nunca termina de ser suficiente.
Si sientes que tu manera de exigirte está condicionando cómo te relacionas contigo mismo, con los demás o con aquello que haces, puede ser un buen momento para detenerte y comprender qué está ocurriendo.
No tienes que dejar de querer hacer las cosas bien para vivir con menos presión
No tienes que dejar de querer hacer las cosas bien para vivir con menos presión. Podemos hablar sobre lo que estás viviendo, comprender qué hay detrás de tu exigencia y valorar juntos si la terapia puede ayudarte a relacionarte contigo mismo de otra manera.